martes, 2 de marzo de 2021

Color esperanza

A casi un año de la pandemia, son los chavos de primaria alta y secundaria los que todos los días ocupan muchas horas de mi mente y mi corazón, de los  sentidos siempre aguzados para oler el tentempié que se les quemó, ver los pies sucios de andar descalzo todo el día, escuchar sus notas mientras tocan sus instrumentos musicales, tocar su cabello cuando se acercan a darme un abrazo espontáneo, saborear el puré de papa con chocomil que quisieron inventar. 

Estamos en el momento de la prisa por  volver a la normalidad a partir de algunas actividades que tienen que ver con el desarrollo económico, con mover el día a día aunque sea a un ritmo más lento. Se abren las plazas, los cines, se cambia el color del botón que hasta hace poco era rojo, muy rojo; se organizan brigadas de vacunación, se consiguen voluntarios, se integra la logística y... seguimos esperando. 

El riesgo de contagio es latente y  la salud mental tanto de quienes están en la primera línea de atención como de los ciudadanos de a pie, es noticia de primera plana en las últimas semanas. Los niveles de violencia doméstica se han incrementado de manera alarmante y no se vislumbra con claridad un escenario próximo que incluya el bienestar y la vuelta a la calma -que no a la rutina o al ritmo desaforado de teníamos todavía hace un año-. 

Es el bienestar el que me ocupa, ese bienestar para los púberes que incluye casa, vestido, sustento y la oportunidad de socializar con los contemporáneos, de hacer eco de los sueños y ocurrencias con los pares, reír a carcajadas y tener a alguien al lado que siga el ritmo de la conversación, de la actividad y de la fantasía, de la cantidad enorme de youtubersque a la fecha se han conocido, las experiencias de conciertos virtuales, el lanzamiento de: el nuevo disco, la nueva canción, el nuevo video, la despedida de los que ya no son. 

Fortalecer los sentidos a partir de las múltiples actividades que nos hemos inventado desde que pasamos más tiempo en casa no han suplido en absoluto el contacto con sus panas, con sus befos.  No me imaginaba accediendo a que rompan la regla del tiempo máximo en la consola para que puedan jugar con alguien que se acaba de conectar o insistir en que hagan una videollamada en grupo, invitarlos a hacer videos para cantar las mañanitas o enviar un saludo a la familia -si, mejor en video porque la interacción puede tomarles por sorpresa y eso no gusta tanto, menos con adultos-. 

Y en medio de todo, viene una buena noticia: hay posibilidades de que vuelvan a la escuela, un par de horas quizá cada quince días, todavía no sabemos con claridad, pero la sola ventana de posibilidad de ver a los amigos, de encontrarse en un espacio que ellos han aprendido a que es también SU espacio, me alegra mucho y me llena de esperanza. 

No es que la escuela sea mi institución favorita en el mundo, por eso trabajo todos los días con la idea de hacer algo al respecto; pero en el contexto actual constituye un espacio seguro a donde  ellos, los jóvenes más jóvenes que constituyen el 27% del total de la población en México, según el INEGI podrían encontrarse y convivir, aunque sea en períodos cortos de tiempo con sus panas y sus befos

La simple idea y la organización de las instituciones privadas para llevar a cabo este reencuentro ha traído un halo de emoción a lo cotidiano, contamos los días no para las vacunas -ni sabemos cuándo llegarán-, ni para la navidad, contamos los días para volver a la escuela; no por la escuela como ellos mismos señalan, sino por la oportunidad de ver a los compañeros y amigos, por un ratito de platicar aunque no se puedan abrazar. ¿Serán sus ojos como en la pantalla? ¿Será que si crecimos todos más o menos igual o habrá alguien más chaparrito que parezca de 3o? ¿Crees que fulano(a) siga siendo divertido?

Son algunas de las preguntas que escucho y que me provocan una sonrisa grande, casi tan grande como el agradecimiento que tengo de saberme capaz de robar unos minutos a mi día para escribir unas letras propias sintiendo que el tiempo me pertenece. 

... y viene luego la resaca, un extraño cargo de conciencia respecto a esta condición de privilegio desde la que me entiendo como parte del 11% de la población que acude a la escuelas privadas en el país, ¿qué me toca hacer al respecto? 

Color esperanza

A casi un año de la pandemia, son los chavos de primaria alta y secundaria los que todos los días ocupan muchas horas de mi mente y mi coraz...